Con el tiempo, uno vuelve a llorar como los niños, por lo que sea. Llora con más frecuencia que de joven, pero también con más pudor que nunca. Porque con el tiempo uno aprende a mirarse cuando llora, y eso lo seca todo.
Antes, siempre que recordaba a mi padre me sentía huérfana y en el derecho a llorar por él y por mí con todas las lágrimas que desde niña guardé para cuando se muriera. Pero lo recordaba menos que ahora. Ahora lo pienso por lo menos una vez al dia, sólo que cuando voy a llorar más de dos lágrimas me miro las manos y pienso que a mi edad no tengo derecho a llorarlo.
Si la cabeza no se metiera en lo que no le importa, uno podria llorar como quien duerme, para descansar. No habria que sentir verguenza de llorar y no nos importaria que todo el mundo oyera nuestros gemidos en el cine y por supuesto que podríamos acompañar a otros en sus lágrimas cuando los vemos sufrir sabiendo que no hay cómo ayudarlos. Si es tan natural reirse con la risa de otros, ¿por qué contenemos el impulso de llorar con otros? ¿Por qué si valoramos el sentido del humor encontramos vergonzoso el don del llanto?. Seriamos mucho más entendidos si nos permitiéramos llorar cuando queremos..
Sin embargo, hemos puesto las cosas de tal modo que uno ya no puede llorar ni por lo que debe. Por eso tienen mérito las personas que pasan los cuarenta conservando lo que peyorativamente se llama lágrima fácil.
Yo crecí admirando a la gente que lloraba, aunque al fin aprendí a no llorar como se debe. Tanto oí que eso era lo correcto, lo fino, lo valiente. Tanto, que me sonroja llorar tras la puerta cuando nadie está viéndome, cuando el nudo en la espalda me sugiere durante mas de una semana que la única cura sería llorar un rato sin buen gusto y sin miedo.
Casi cualquiera de nosotros ha tenido al menos un buen maestro del don del llanto, aunque a diario traicionemos sus enseñanzas para complacer al buen gusto y al arte de fingir fortaleza. Como si hubiera más valor en suicidarse que en seguir vivo, como si los que creen que se han acostumbrado al ruido no estuvieran en realidad quedándose sordos.