En este mundo de hoy, enajenados por las burbujas, las crisis, y las pandemias inexistentes, urge volver al estoicismo de Marco Aurelio.
A este espíritu universal, tan amante de la paz y de la meditación, el destino le dió una existencia sin reposo. En los 19 años que duró su reinado, a la cadena de guerras y calamidades que devastó el Imperio, supo oponer la serena fortaleza del caracter moral y del sentimiento del deber.
Desconcertante resulta la realidad de un hombre que rige los destinos de tan vasto Imperio y no dispone de una hora de paz en su pretorio ambulante. Con todo, escribe durante las horas de la noche, sus reflexiones sobre si mismo y ante su conciencia. En Carnunto, como para evadirse del tumulto de sus jornadas vividas peleando, compone sus "Soliloquios", esa admirable suma de experiencia y de vida, ese incomparable manual de conducta.
A pesar de que, en su modestia de filósofo y en su realismo de gobernante, jamás se forjó ilusiones de poder realizar en este mundo la República de Platón, pocos han hecho tanto como él por encarnar un determinado ideal filosófico en su pueblo. Se esforzó por mejorar la condición de los esclavos, elevó la capacidad jurídica de la mujer, suavizó la dureza del derecho penal, alivió las cargas de la parte más menesterosa de la población, trató con equidad a las provincias, instituyó asilos para niños abandonados, atenuó la crueldad de los espectáculos circenses y no perdonó ocasión para mostrar el desprecio que le inspiraban, protegió y favoreció a los filósofos, creando cátedras de filosofia sostenidas por el Estado.
Recomiendo para nuestra salud mental, volver a los soliloquios de Marco Aurelio y ya que estamos, por qué no, al Enquiridión y Máximas de Epicteto. No está nada mal volver a oir lo que hace casi dos mil años nos contaban un Emperador y un esclavo sobre la vida.